Ras går före kön. Eso pensé cuando me enteré que Hillary Clinton iba a buscar la nominación del partido demócrata de Estados Unidos. Y después de su derrota, y después de saber que ése país tendrá su primer presidente afroamericano, sigo pensando lo mismo: ras går före kön. La raza va primero que el sexo. Para mí, el hecho de que una mujer estuviera a punto de conseguir la nominación era secundario. Para mí, como feminista y como feminista postcolonial, la raza iba primero que el sexo.
Cuando la gente piensa que hay que apoyar a las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres, sonrío, hasta me enternezco. Veo, río, comprendo: es el mujerismo del primer estadio hacia un feminismo pensante, es oportunismo político o es una manifestación más de un consumismo vulgar. Pero cuando columnistas de periódicos de circulación nacional, culpan a las feministas por no apoyar a Hillary Clinton o por burlarse de Sarah Palin, me asusto. Somos feministas, no mujeristas, y eso no es comprensible para muchos.
Ese mujerismo, se apropió hasta de los Estudios de Género en muchas partes del mundo. Hace poco, por cuestiones académicas, llegué a la página de una universidad privada mexicana, que es manejada por una organización religiosa. Con todo el conservadurismo que los podría envolver, ya decidieron instaurar una “cátedra de género”, como ellos mismos la llaman, aquí su presentación:
La Cátedra de Estudios de Género es concebida como respuesta a la necesidad de espacios permanentes que posibiliten la producción, reflexión y difusión teórica en la formación de profesionales, sobre la condición social, política y económica desde la perspectiva de género, particularmente en los aspectos que corresponden al empoderamiento y liderazgo de las mujeres, y estudiar transversalmente el tema de la violencia de género.
Este esfuerzo está encaminado a contribuir a la producción, análisis y difusión de conocimientos sobre la situación de las mujeres y las relaciones de género, e incidir en la aplicación de medidas que propicien las transformaciones necesarias de las prácticas discriminatorias que impiden el pleno desarrollo de los seres humanos en igualdad de oportunidades y resultados.
Más allá de los enunciados rebuscados y kilométricos, lo que hay aquí es mujerismo y poco cuestionamiento de lo más trascendente en los estudios de Género: el poder. Éso es el centro, esa es la doxa. Sin el cuestionamiento al poder, al centro, no hay Estudios de Género. Puede haber miles y miles de libros, documentos, informes, conferencias, tesis, que hablen sobre mujeres u hombres como tales, como poseedores de un sexo, pero eso no quiere decir que entren dentro de la doxa de los Estudios de Género.
No basta en mi caso, por ejemplo, con que yo haga estudios descriptivos sobre la condición de las mujeres inmigrantes en Suecia, de lo que se trata es develar el poder, desmantelarlo y cuestionarlo, ¿qué es? ¿qué mecanismos hacen que surga una segregación de las mujeres inmigrantes en Suecia? ¿cómo se forman, se reproducen? ¿tienen vidas cíclicas? ¿qué actores juegan un papel importante en ellos? ¿de dónde vienen estos actores? Y algo muy importante: dejar de ver a las mujeres inmigrantes como víctimas, (de hecho dejar de ver a todas las mujeres como víctimas) y asumirlas como actores cambiantes, con poder de transformación ya sea para conservar las estructuras que las reprimern o para cambiarlas. Porque la victimización también es vil mujerismo.
Fuera de todo esto, es curioso, aún la gente y algunas personas dentro de la academia, piensa que Estudios de Género trata sólo sobre mujeres, cuando es todo lo contrario: los estudios sobre masculinidad y transgénero están más vivos que nunca.
Todo esto lo pensé y lo plasmé aquí porque hace unas noches treminé de leer la biografía de la muchacha de la foto, sí, Hillary Clinton. El libro se llama: A woman in charge de Carl Bernstein. Era una biografía (mi género literario favorito) de una mujer, pero no eran Estudios de Género. Era la vida de una mujer que se dice liberal de corazón y conservadora de mente. Una mujer que después de abogar e inmiscuirse en los movimientos más liberales de su generación, se vuelve totalmente conservadora y seguidora fiel de un marido que continuamente la engaña. Una mujer que recibió el voto populista, pero también mujerista.